Viajar é muito difícil (III)

6 Outubro 2007

Em Março escrevia a entrada: Viajar é muito difícil sobre o que chamava “turismo de treta”:

“… Gostei muito de Madrid, de Salamanca, de Sevilha, da Cidade da Praia, , … porque conheci estas cidades com pessoas de lá.
Ah!, Cabo Verde! Graças ao José Vítor Adragão, andei por lugares onde os turistas nem se atreviam a entrar. Bebi cerveja e comi marisco em tascas com pessoas de lá. Fui recebido, e convidado a petiscar não me lembro o quê, na sala de estar de gente de lá. Passeei e brinquei com crianças de lá. Não, não foi dos hotéis e das praias da Ilha do Sal que eu gostei…”

É assim que Javier Ortiz o dizia:
La manía de viajar
(Martes, 26 de abril de 2005)
(Desde Ciudad del Carmen, México)
En tiempos tenía una coartada para justificar mi escasísima afición por los viajes intercontinentales: «Lo siento, pero se me haría muy duro pasar diez o doce horas sin fumar».
Lo cual, además, era cierto. Para alguien que, como yo, se liquidaba tres cajetillas diarias de tabaco negro, la perspectiva de estar encerrado en un lugar en el que estuviera prohibido fumar era cualquier cosa menos deseable. De hecho, aproveché los últimos tiempos en los que aún se permitía fumar en los vuelos transoceánicos para dejarme caer por los Estados Unidos. No tuve demasiado éxito, porque aunque autorizaran a fumar en el avión, la prohibición ya estaba haciendo estragos en tierra.
Sigo sin tener alma viajera, pero ahora ya no puedo utilizar la excusa del tabaco para disimular mi falta de interés por comprobar en vivo y en directo cómo son, qué hacen, qué tienen y qué no tienen los habitantes del quinto coño. Ex fumador militante, incluso pueden cachondearse de mí ensalzando las ventajas que debería encontrarle a no oler el humo del tabaco durante el montón de horas que dura el viaje.
Yo respondo invariablemente que, para saber de un país lejano, dos o tres libros bien elegidos y media docena de documentales contemplados desde el sofá del salón del propio hogar valen bastante más que cualquier viaje de tipo turístico. La experiencia directa –cuatro recorridos, unas cuantas conversaciones, un percepción necesariamente parcial y mediatizada– tiene muchas probabilidades de resultar engañosa.
Recuerdo cuando pasé una semana en Indonesia. Constaté luego que los datos más rigurosos sobre aquella realidad no los había obtenido observando los pedazos de país que pasaron por delante de mis narices. Menos aún oyendo a las pocas personas con las que logré hilar la hebra. Mis conocimientos mejores y más solventes me los dio la lectura de un par de trabajos de notable rigor… que había estudiado antes de salir para allí.
¡Viajar, ver, conocer, disfrutar de otros paisajes, de otros mares, de otras culturas! Sí, ya. Y acarrear maletas pesadísimas (que las compañías aéreas extravían con singular devoción), y pasarte horas de espera en aeropuertos varios, y luego no encontrar un puñetero taxi que te conduzca al destino y a un taxista que no te time, y que te atiborren de comidas picantes y llenas de especias, y que te asaeten toda suerte de mosquitos o insectos de ignotas subespecies…
Decía Carlos Herrera: «Desengáñate, como fuera de casa no se está en ningún lado». Es gracioso, pero no lo comparto en absoluto. A mí, mi casa me gusta. Sé cómo funciona. Dónde está cada cosa. Y tengo miles de modos de viajar desde ella hasta los extremos más remotos del mundo –y de la propia mente humana, incluso– sin necesidad de mover el culo. Y sin que me pique ningún bicho.
Hoy, sin ir más lejos, me he pasado varias horas aquí, en el Caribe mexicano, tratando de ver como conecto mi ordenador personal (perdón, computadora) a internet, más que nada para actualizar la web con un texto que en lo esencial ya estaba escrito a las 7:00, hora española. Y ya veis a qué hora me he plantado.
–Pero tú, ¿has venido a México a escribir, o a qué? –me pregunto yo solo.
–¡A escribir, por supuesto! ¿A qué, si no? –me respondo.
Me pasa como a aquel torero, imbécil pero guapo, que ligó una noche con Ava Gardner y al que la bella actriz sorprendió cuando a las primeras luces del alba se vestía precipitadamente. «Pero ¿adónde vas, hombre?», le dijo extrañada. «¡Pues adónde voy a ir! ¡A contarlo!», respondió el botarate.
Yo también debo de ser un botarate, porque me pasa lo mismo. Lo que más me gusta de lo que vivo es contarlo.

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2 Responses to “Viajar é muito difícil (III)”

  1. carlos p. Says:

    Não que estivesse à procura, mas finalmente encontro palavras que contrariam a Teologia do Viajar(/Turismo).
    Parece-me estar a instalar-se na nossa sociedade de consumo cada vez mais esta mania de relacionar o lazer com os kilómetros.
    Lembro uma conversa surrealista à que assisti há um par de anos: uma conhecida estava completamente entusiasmada porque tinha descoberto que podia viajar desde Valladolid (Reino da Espanha) a Londres por apenas 6 €. Era Quinta-Feira, estávamos em Braga e a mulher não conseguia deixar de pensar no triângulo fantástico Valladolid/Londres/6 €! Desconheço se finalmente embarcou na aventura, mas acredito que não seria esta a última oportunidade…

    Com isto não quero defender a negação de viajar como estratégia de enriquecimento pessoal e até colectivo ou simplesmente como ritual de lazer, mas gostava sim de destacar a tendência cada vez mais acentuada para o consumo desmedido associado ao viajar/turismo, em que o viajante/turista parece mais um “voyeur” sem TV, instalado na lógica audio-visual do consumo rápido e acrítico de, neste caso, outras realidades.

  2. Álvaro Says:

    Obrigado, Carlos.
    Falas de “outras realidades”. Antes fosse!
    Punta Cana, Varadero, a Ilha do Sal ou as pirâmides de Egipto são a República Dominicana, Cuba, Cabo Verde ou Egipto?
    Mais uma vez, obrigado.


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